METTINI, Rubén. De vidas encastradas (novela). Barcelona: Laertes, 1998

 

Editorial Laertes SA de ediciones
Novela
Fecha de publicación: 3-11-1998
1a edición
295 páginas
ISBN: 8475843654

El argumento

La trama entrelaza dos historias diferentes. Una transcurre entre 1750 y 1800 y narra la vida de Angelotto, un niño napolitano que es castrado para que triunfe en la ópera. La novela nos enseña su formación en el conservatorio, sus primeras actuaciones, su triunfo como voz blanca, sus amores y la soledad en el ocaso de su vida.

La segunda historia ocurre entre 1950 y el 2000. Desde muy pequeño Marino Nardo siente atracción por las ropas femeninas. Crece luchando por definir su personalidad. A los 25 años toma la decisión de cambiar de sexo. Veremos sus amistades en Nápoles -travestis y transexuales-, su carrera ascendente como cantante, los problemas con la droga y su vinculación involuntaria a un personaje de la Camorra.

Ambas existencias se parecen y, a la vez, hay entre ellas un espejo que las deforma.


La escritura

Las dos novelas se encastran mútuamente. Una nota inicial da la opción de seguir la historia del 1700 separada de la del 1900. Los capítulos de la primera van encabezados por números romanos, los de la segunda comienzan con una cifra arábiga. La otra posibilidad consiste en alternar las dos historias, tal como se presentan en la ordenación del libro.

La historia de Angelotto está narrada por su propia voz, la escritura reconstruye el habla de ese hombre que nació en 1750. La confesión de su vida nos resulta íntima y profunda. La historia de Dirindina se explica en tercera persona y va mechada con muchos diálogos. La escritura es más fría y distante, tal vez porque la existencia de ese hombre que cambia de sexo en el siglo XX sea más brutal.


Fragmento de De vidas encastradas

Angelotto es llevado por su padre a una barbería para que sea castrado, a fin de que pueda entrar en un conservatorio y salvar así —con su voz a la familia de la pobreza. El niño de diez años de edad no sabe qué van a hacerle, ante el temor se le ocurre hablar con la virgen, con un cuadro de la virgen que cuelga en la habitación. Los hechos ocurren en la Nápoles de 1760.

(...)

En una chimenea ardían leños. Colgado de un gancho, un cubo donde hervían unos litros de leche. El vapor que exhalaba el balde se difundía por la estancia desdibujando sus contornos. La mujer se había girado de espaldas a mí; cogió el cubo y echó leche en una palangana grande. Luego, coló en un recipiente de barro una infusión y me la dio, diciendo: "Bébete esto de prisa que está caliente y, luego, quítate el calzón". Más tarde supe que era práctica habitual en estos casos, suministrar un brebaje de opio, para que el cuerpo olvide sus sensaciones y dolores. Más tarde, de adulto, llegué a conocer bien los efectos anestésicos del opio. En aquel momento, bebí la infusión de un trago, para no parecer cobarde y para entrar en calor.
Me volví hacia el banco de madera y cuando llevé las manos al calzón para quitarlo, descubrí que allí cerca, también estabas Tú. Sonreías desde un cuadro grande, colgado de la pared en la que se apoyaba el banco. La inmensa ternura de tu rostro y tus ojos dulces que parecían seguirme en los más pequeños movimientos me murmuraban "hazlo, no tengas temor, yo estoy junto a ti". Besé la punta de mis dedos y toqué el marco y el óleo de la tela, a la altura de tu cuello.

Jamás había estado sin ropas ante desconocidos. A mi padre no le gustaba vernos desnudos por la casa. Lo observé fijamente para preguntarle, sin palabras, por qué; queriendo saber si lo autorizaba. El sacudió la cabeza hacia arriba y levantó las cejas, indicando de forma categórica que debía hacerle caso. Esos gestos precisos y decisivos eran inusuales en su cara, más bien parca, inerte, plena de inexpresión. ¿Qué podía hacer yo? Así que me quité el calzón y me quedé con el cuerpecillo desnudo.La mujer me hizo meter en cuclillas en la palangana honda. La leche tibia me cubría los pies, los muslos y las caderas. Para mí, era como sumergirme en el mar que había visto antes, pero se trataba de un mar de tu leche, de la Sagrada Leche que nutrió a Nuestro Señor.

La cabeza comenzó a pesarme, era diferente de tener sueño. Una embriaguez suave y la impresión de que toda mi piel se ablandaba como un higo muy maduro, como si estuviera hecha de miga de blanco pan, recién cocido. Iba dulcemente cayendo en un tierno sopor, arrullado por mi propio murmullo que te rezaba. Por ello, cuando la mujer, al cabo de un rato, me sacó del baño de leche, me sumergió un instante en la bañera de agua bien fría, me secó, envolviéndome en un paño, y me estiró sobre una mesa cubierta de sábanas blancas, mi piel ya no sentía nada. A mí sólo me sostenían tus brazos. El niño de la hornacina era yo y tu coloración y textura de óleo me sostenían, me envolvían, me secaban, y me depositaban. Yo era tu hijo, el Niño Jesús y no el Angelo sacrificado, para salvar el magro patrimonio de la familia.

¿Por qué me bañaban? ¿Por qué me estiraban sobre esa tarima alta, menos una cama que un ataúd? No podía dar respuestas ciertas a esa edad. La operación, la ablación de mis órganos, me interesé en saber cómo había sido, después, en la pubertad, cuando quise conocer qué se había hecho en mi cuerpo para poderte loar con mi garganta. Si ahora te hablo así de estas cosas, extraigo las palabras de un magma donde se funden los recuerdos del momento, con lo sabido más tarde.

(...)

Angelotto, en su madurez, se enamora de Adimante, una soprano mejicana de extraña belleza.

(...)

Llegó con oropeles y abalorios, cargada de joyas, igual que una virgen. La traía una nave que había atravesado el Atlántico y el Mediterráneo, anclando en nuestra costas. Acudió a la cita para cantar conmigo; y al verla, yo creí que eras Tú, Esclava del Amor, que te materializabas ante mí para que te amara.
La suya era una belleza singular, extraña a los cánones de hermosura de nuestra cultura. Su rostro evocaba deidades aztecas que exigen cruentos sacrificios, mujeres amasadas con maíz, mezclado a arrope de caña y, quizás, a beleño. Los ojos menudos, muy almendrados, ocultaban una mirada de atezadas sombras, caliginoso misterio e incisiva ironía. Al verla, evoqué aquella Venus que contemplé en el Diorama del Nuevo Mundo, en el carnaval de mis tiernos diecisiete años.

Adimante, nacida en el Yucatán, llegó a Nápoles cual sagrada diva. Sus lacayos cargaban con baúles y maletas plenos de un suntuoso vestuario y cofrecillos repujados en plata, henchidos de joyas. Su criado privado llevaba un aro donde se balanceaba, presumida, una cacatúa que en su plumaje lucía el inimaginable cromatismo de una selva tórrida; y se enredaba en sus pies un pequeño chimpancé, haciendo mil morisquetas. Entre sus brazos, confundido en los collares, Adimante abrazaba su mascota: un perro chihuahua del cual nunca quería separarse. Si las misiones en América habían enseñado a los indígenas a amar a una virgen cristiana, de facciones y porte americanos, la representación de esa Madre de Dios debía ser el calco vivo del rostro, el cuerpo y los ropajes de Adimante. Bastaba verla para adorarla.
Nuestro amor surgió presto y ardiente, como una bengala que se enciende, de súbito, en la proximidad de la chispa. Esa sirena parecía no tener reservas morales y sus deseos se expresaban caudalosos, como la voz que nacía en su garganta. La vez primera, cantamos Ariadna y Teseo de Nicola Porpora. El público se extasió con el dúo de amor que hicimos juntos. Jamás pronuncié frases más cargadas de encendidas flamas; Adimante me respondía con similares acentos. Penoso era el destino que me obligaba a partir y dejarla desamparada. Aquella noche en el San Carlos, hasta los músicos lloraron con sus tormentos y su cristalina voz.

Esa fascinación que ejercía ante el público, en mí se centuplicaba cuando nos hallábamos a solas. Adimante era capaz de metamorfosearse en mil mujeres distintas. Su ser parecía poseer todas las facetas del espíritu humano. A su lado, me sumía de tal manera en esa vorágine de placer y lágrimas, que mis sentidos padecían una lacerante enervación, como cuando el opio descendía a mis entrañas.
Si su garganta era capaz de plasmar los tortuosos laberintos del alma, su cuerpo dominaba los infinitos senderos del placer. Hasta ese momento, ninguna de mis incontables admiradoras-amantes me había hecho descubrir un paraíso de la carne como lo logró Adimante. Pero su presencia en Nápoles duró poco. Acabadas las funciones, debía partir. Le esperaba la temporada austro-alemana. Los lacayos volvieron a cargar con sus cofres y baúles, los siervos con los animales de compañía, y se marchó. Antes de dejarme, me acusó de no querer seguirla. Podía hacerme triunfar en Stuttgart o en Viena como su pareja lírica. Mi voto secreto se mantenía inconmovible. Nunca me iba a ir de Nápoles. La esperaría aquí. Siempre la iba a esperar, hasta que volviera.

(...)


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Rubén Mettini