Los compositores de música suelen elaborar variaciones sobre una melodía favorita de otro compositor; de modo similar, estos relatos intentan realizar variaciones literarias pero sobre temas pictóricos.
En la mayoría de los cuentos el punto de partida es una tela de René Magritte (Bélgica, 1898-1968). Sólo un punto de partida. La razón sometida a una lógica surreal se encarga de llevar la historia hacia territorios que, tal vez, el pintor no soñó. O sí.
Quien, al leer el cuento, recuerde el cuadro, podrá evocarlo permitiéndose navegar entre formas y colores. Para los otros, la narración fundará una realidad de la que no conocen el prototipo que la engendró.
Como no todos los relatos están basados en cuadros, los que toman como motivo la pintura de Magritte, llevan al final el título de la tela y la fecha de creación.
Las variaciones se dividen en cuatro apartados.
El primero narra peripecias de seres que mutan sus genes, o creen hacerlo; individuos que padecen metamorfosis o las gozan.
El segundo intenta oír la vida de los objetos y comadrear sus migraciones.
El tercer apartado sueña con planetas y meteoros singulares, espía la existencia cósmica y relata algunas de sus cuitas.
El cuarto, entre telas y telones, pigmentos y bastidores, relata acrobacias y piruetas entre la recelosa realidad y la aparentemente incauta ficción.
El planeta manzana
El planeta donde vivían era una manzana. En el Polo Norte tenían, naciendo del vientre profundo de un desmesurado cráter, el cabo: una elevación de fibras arbóreas que se extendía hasta las nubes.
Les llevaba mucho tiempo recorrer su planeta hasta el Polo Sur, donde se descubrían enormes hojas de raros árboles. Ellos lo llamaban el bosque austral.
Muchos no llegaban nunca al bosque austral, porque por el camino se deleitaban con aquel perfume de piel verde y pulpa blanquecina. Se detenían en el viaje y mordisqueaban aquí y allá la superficie de su planeta.
Nosotros, los de la Tierra, les debemos a aquellos habitantes lejanos algunas de las fábulas más deliciosas. Ellos fueron los primeros en regalar una manzana a la individua más bonita de su orbe. Nosotros añadimos pugna al juicio de Paris, y el concurso de belleza del Planeta Manzana se transformó en la Tierra en la Guerra de Troya.
En el bosque austral se gestó otra jugosa leyenda. Uno de sus habitantes ofreció una manzana de aquel bosque a otro. Nosotros, al saberlo, cargamos las tintas de ese acto de generosidad, metimos a los habitantes en el Paraíso y transformamos el gesto en el pecado original.
Ellos no piensan en leyendas y son felices con ese perfume que los envuelve. Creen que Dios ha sido generoso al brindarles un planeta frutal.
No les preocupa en absoluto ser llamados gusanos en la Tierra. Seguirán comiendo su fruta y, sin querer, seguirán inventando leyendas para los seres que se las usurpamos.
Las bellas realidades, 1964
Verse joven
Don Fausto se quedó mirándose
en el espejo. Doña Natividad lo vio y le gritó: "¡Con
80 años seguís mirándote en el espejo, viejo! ¡Vamos
a comer!"
No se miraba por narcisismo. En el reflejo se veía con el frac que se
había comprado para la boda y los botines lustrosos. No le dijo a su
mujer, mientras comían, que se había visto así.
Al día siguiente ocurrió al cerrar la puerta del ropero. Su imagen vestía con una zamarra abrigada. Acercaba la cara para reconocer que, por fin, en sus mejillas había aparecido la barba.
Ese día Don Fausto le tocó el culo a la vieja, cuando ella servía los platos. "¡Viejo, hacéme el favor de comer!", le dijo Doña Natividad.
Al tercer día se vio con un traje de marinerito, de pantalones cortos. Tenía las piernas muy delgadas, y una sonrisa picarona se esbozaba al otro lado de su cuerpo.
Aquel mediodía la anciana le preguntó: "Viejo, ¿por qué no comés?"
Al cuarto día, se vio dando los primeros pasos dentro de un corralito de madera pintada de azul. No tuvo fuerzas ni para acercarse a la mesa del comedor. Se quedó estirado en la cama todo el día. Doña Natividad le gritó: "¡Esto te pasa por no comer!" Llevaban cincuenta años juntos, lo conocía bien y se la notaba inquieta.
Al quinto día hizo un esfuerzo por levantarse. Era un error que su padre hubiera colocado ese ropero y ese espejo frente a la cama. Era un error haberse quedado a vivir en esa casa, al morir los padres. Ese mediodía vio reflejada a su madre, estirada en la cama y una comadrona que hurgaba entre sus piernas.
Aquel día no pudo levantarse. Doña Natividad le esponjó las almohadas y lo incorporó en la cama. Luego llevó el plato con una papilla de verdura. Recogía la sopa densa en la cuchara. Soplaba, para que no estuviera demasiado caliente, y la ponía en la boca de Don Fausto. El cerraba los labios. Al cabo de cinco intentos y tres manchas verdes en las sábanas, Doña Natividad le susurró: "No me comés nada, viejo".
Dejó el plato y la cuchara sobre la alfombra. Desabrochó los botones de su batón. Sacó de sus sostenes sus pechos arrugados y flácidos y notó una sonrisa extraña en los ojitos cansados de Don Fausto.
Doña Natividad lo abrazó contra su pecho y puso su pezón seco entre los labios del viejo. Don Fausto succionó durante un largo instante y se quedó dormido, acunado por la anciana.
Doña Natividad se quitó, lentamente, la cabeza de su pecho y la recostó contra las almohadas. Se guardó las tetas y cerró los botones del batón. Recogió el plato y la cuchara del suelo y fue hacia la cocina. En el trayecto cayeron dos lagrimones sobre la papilla ya fría.
Dejó sus lágrimas y el plato de sopa en la cocina. Luego, buscó fuerzas para descolgar el tubo del teléfono y llamar a las pompas fúnebres.
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