
Editorial
Nihil Obstat Ediciones
Novela
Fecha de publicación: 8-10-1999
1a edición
284 páginas
ISBN: 8493092622
El argumento
Hugo Marini es un argentino que lleva quince años viviendo en España. Es profesor de literatura medieval, vive una existencia pacífica y los años transcurridos en Barcelona han echado un velo de olvido sobre su pasado. Decide viajar a la Argentina. La novela se inicia con este viaje y con la evocación de una mujer, Beatriz Avellaneda, a quien amó y de quien sólo sabe que desapareció durante la Guerra Sucia. Sin que él lo intuya ese viaje, dará comienzo a otro, un viaje topográfico y espiritual, un viaje por diversas provincias de Argentina que lo llevará al descubrimiento de una realidad oculta, una verdad que le hará daño. La búsqueda de esa mujer le mostrará que hay heridas abiertas, heridas que el tiempo no ha conseguido cicatrizar.
La escritura
El narrador va siguiendo los pasos de Hugo. Cada persona que el protagonista encuentre le dará una pista, cada lugar a donde llegue se volverá significativo. Su recorrido copiará los dibujos medievales que Ramon Lull ideó para explicar un sistema combinatorio. Un árbol y un conjunto de triángulos que sirven tanto para las matemáticas como para los estadios del alma. Hugo descubrirá la trama al final, como un Teseo que no sabe que va caminando hacia el centro del Laberinto, hacia un terrible Minotauro que lo aguarda
El protagonista, Hugo Marini, acaba de conocer a una actriz que lo invita a conocer su piso. Nora Nájera atraída por Hugo propone una relación sexual. El desenlace será una rara pista sobre Beatriz, la mujer a quien Hugo busca.
(...)
Sus voces resonaron en el ascensor
de la casa de Nora y se acercaron por el pasillo, se los oía charlar
animadamente. Nora abrió la puerta, encendió la luz y presentó
su casa, extendiendo la mano como si fuera un escenario, orgullosa de vivir
allí.
El apartamento era pequeño
y acogedor. Una moqueta gris perla cubría la única sala, que hacía
a su vez de dormitorio. En un amplio rincón, la cama cubierta con un
edredón blanco, de duvet, y delante, un sofá también blanco.
Las paredes, bastante desnudas: en una, tan sólo una reproducción
de Giorgio de Chirico; en otra, un poster de una actuación de Nora en
Las Criadas de Genet. En cambio, a nivel del suelo había pequeñas
estanterías llenas de objetos recogidos en sus viajes, marcos con fotografías,
un equipo de música, la televisión y el vídeo.
-¿Qué te parece? ¿Cálido,
no?
-Se respira "Nora" aquí.
¡Qué bulín más majo!
-De esto se diría una perfecta
hibridación cultural. Hacía tiempo que no oía la palabra
"majo". ¿Tomamos un whisky?
Sin esperar respuesta, Nora llenó
dos vasos altos. Fue a la kichenette, sacó cubitos de la nevera y puso
dos en cada vaso.
-Pero, contame, ¿qué
hacés allá? -preguntó.
-Una vida normalísima y mucho
trabajo: estudios medievales, clases en la universidad, traducciones paleográficas,
alguna charla.
-¡Fabuloso! Sos un triunfador,
pichón.
El no se sentía un triunfador.
Los años pasados en el extrajero habían acrecentado su silencio,
le habían enseñado el sentido de la discreción. Detestaba
ese triunfalismo de pacotilla que se complacían en exhibir algunos emigrados.
-Ya hace quince años que vivo
en Barcelona. Me fui de aquí con una beca.
-Yo también viví en
Barcelona. Entre el 74 y el 76. ¡Qué casualidad! Por ahí
coincidimos. Aunque es difícil, vos debías de ser un alumno aplicado
y yo una rasca en busca de buena suerte.
-Seguro que tenías parientes
en España. Déjame pensar... -Hugo diseñaba un mapa imaginario
sobre el sofá-. Tu nombre es Nájera. Este apellido puede venir
de Pamplona, de Castilla la Vieja y hasta podría ser de Portugal.
-La pifiás, Hugo. Allá cualquier apellido entronca con una genealogía, aquí eso no tiene importancia.
Siempre se dijo que este país
es un "crisol" de culturas, ¡qué expresión más
fea!
-Entonces... ¿el Nájera?
-preguntó desconcertado Hugo.
-Pichón, ése es un
nombre artístico. Soy judía: Nora Kleisber, pero preferí
un apellido cristiano para mi carrera teatral.
-¿Por qué te fuiste
del país?, ¿querías estudiar teatro?
-Huí de mi familia. Mi viejo
es uno de eso moisheles cerrados de los que hay tantos por aquí. Cuando
tenía veinte años, él consideró que yo ya estaba
en edad de merecer y había elegido para mí un muchacho de veintiuno,
de los que van con un sombrero hongo cada día a la sinagoga. Mis padres
tienen una tienda de ropa en Canning y la familia de él en la calle Patricios.
Pensaban crear un gran emporio comercial tendero a costa nuestra. A mí
siempre me habían resultado insoportables estos autoguetos de judíos.
A casa ni siquiera podíamos llevar amigos gois, cristianos, pero era
mi familia y lo soportaba, ¿qué otro remedio? Eso fue pasable
hasta que me quisieron casar. Así que, a esa edad y sin guita, me rajé
a Menorca. Corría el año 74.
Mientras daba sorbos al whisky y
hablaba, Nora fijaba la mirada en Hugo. Lo miraba con los ojos negros bien abiertos,
con su boca carnosa ligeramente húmeda, era como si cada rasgo del rostro
estuviera por él.
-En Ciudadela encontré una comunidad de gente de todos lados. También
estaban ahí unos cuantos argentinos. Artesanía espantosa, mucho
hash, orgías, camas redondas... Así eran aquellas cosas en los
setenta. Sobrevivíamos. Pero yo quería ser actriz. Fui a Barcelona
y me di cuenta de que eso era imposible. Se hacía poco teatro, el ambiente
teatral funcionaba en catalán, y yo era una sudaca. Me sentí muy
sola.
-Sí, en algún momento
se hace patente: el exilio te obliga a convivir con tu propia soledad -admitió
Hugo, reconcentrado en la historia de Nora y cavilando en su propio exilio.
-El destierro comenzó a pesarme
y me volví.
Nora le alcanzó un marco de cerámica esmaltado con una fotografía.
-Mirá, ¿sabés
qué es esto?
-¡Ja! La Sagrada Familia y
ésta... -Hugo señaló con el dedo un punto en la foto-,
eres tú.
-¡Acertaste!
-¡Qué nostalgia! Me
dan ganas de volver a mi casa.
-Pero no seas tonto. Si hace cinco
días que llegaste y todavía tenés dos meses por delante.
-Cada vez que salgo de Barcelona,
enseguida me cogen ganas de regresar. Nunca me había pasado con Buenos
Aires. Es como si me sujetara un elástico que siempre me hace volver.
Debo de ser como un burro atado a la noria. A veces, pienso que es por unos
pocos amigos auténticos que hice allá; otras, creo que es como
un hechizo callado que emana la ciudad.
-Pendejo, ¡vos sí que
te integraste!
Nora cogió un cigarrillo y
señaló un mechero que reposaba en una de las estanterías
bajas.
-Dame el encendedor. ¿Querés
uno? Yo fumo como un carretero, como decía mi vieja.
-No fumo. Ten. -El le encendió
el cigarrillo.
Se hizo un silencio lleno de chispazos
de yesca. Nora se estiró en el sofá, exhalando una larga bocanada
de humo.
-Bueno -dijo-, ¿tomamos mate
o cogemos? Yerba no hay. ¿Te acordabas de esa frase?
-Si quieres, follamos, digo..., cogemos.
Nora rozó con su dedo los
muslos de Hugo, que se había puesto de pie para dejar el vaso. Sujetó
su corbata y lo llevó hasta la cama. Estrechando su cintura, lo hizo
caer sobre el edredón blanco. Enseguida se montó sobre sus caderas
y comenzó a besarlo. El no podía secundar la arrebatada pasión
de la mujer y prefirió entregarse inerte. Ella abría su cinturón,
desabrochaba dos botones de la camisa, introducía tres dedos por la abertura
y gemía ante el contacto de su piel.
La boca de Nora descendió
hasta la bragueta y con los dientes bajó la cremallera. El cerró
los ojos, casi vencido por el ímpetu pasional de Nora. Metió la
mano bajo la corta falda y apoyó los dedos contra el maillot húmedo.
Ella dejó escapar un largo gemido. Su ansiedad no le permitía
darse tiempo a quitarse la ropa. Con sus labios carnosos sujetó el sexo
de él, y se aplicó a hacerlo crecer.
Apresurada, arrebujó su breve
falda, bajó el maillot negro y las bragas hasta sus tobillos, y se sentó
sobre el pene, ansiosa. Parecía que la vida se le iba entre sus piernas.
Hugo estaba enceguecido. Nora pretendía hacerlo todo, sin permitirle
casi ningún movimiento. Con las manos en la corbata, aprisionaba su cuello;
con las muslos, aferraba sus caderas, con la vulva ahogaba su sexo. Hugo comprendió
que ella llegaba al orgasmo, por el golpeteo de su entrepierna, la tensión
espasmódica de su pubis y sus gemidos guturales. El sintió que,
a vergazos, su cálido semen se perdía en las profundidades de
la actriz dramática.
Una vez que hubo pasado el instante fugaz del orgasmo, Hugo experimentó
un vacío, una sensación de resbalar en un pozo. Para él,
el sexo no era un deporte; nunca lo había sido. Mientras Nora se dejaba
caer a su lado, fumando, comenzó a descubrir que -en ese país,
compartiendo ese instante, junto a esa mujer- buscaba a Beatriz. Al mismo tiempo
se daba cuenta de que bastaba una frase o una caricia de Nora, para destruir
su fantasma hecho de humo, igual al que exalaba ella por la boca, y volverlo
a una realidad delgada y algo escuálida.
Para él, el sexo había
sido siempre un rito que involucraba profundos sentimientos. Esta escaramuza,
propia de comedia americana que había elaborado Nora, no había
conseguido complacerlo, ni siquiera hacerlo partícipe.
En cambio, para Nora, el descanso
duró lo que un cigarrillo. Poco después, tuvo deseos de volver
a la lucha de los cuerpos. Buscó a Hugo sin hallarlo, como si él
ya no estuviera allí. Manipuló su sexo sin éxito y, finalmente,
con desconsuelo, hizo una pregunta que era una constatación:
-¿Ya estás definitivamente
frío?
Hugo sacudió la cabeza afirmando,
sin poder explicarle todo lo que pasaba por allí. Nora se precipitó
sobre las palabras:
-Te volviste muy europeo. Sos de
los que se duermen después del orgasmo.
Nora había saltado de la cama,
se levantaba las bragas y el maillot, se arreglaba la falda y caminaba nerviosa
por la habitación, buscando un nuevo cigarrillo.
-Bueno, no es para que te lo tomes
así. Ven, estírate aquí.
Había cogido a la mujer por
una de sus piernas y rascaba suavemente con las uñas el maillot negro.
Nora, comprendiendo súbitamente su desmesurada reacción, se sentó
sobre la cama como una alumna obediente.
-Ya lo ves, mi perdición son
los hombres... y el sexo. Soy una mujer de sangre demasiado caliente.
-Doucement. Take it easy, baby. No
todo está perdido.
La voz de Hugo parecía la
de un encantador de serpientes. La había visto tan nerviosa que estaba
dispuesto a satisfacerla fuera como fuese. Le bajó el maillot y las bragas
hasta los muslos. Con la punta de su lengua recorrió el delgado vientre,
se detuvo en el ombligo y extrajo de allí una pelusa negra del tejido.
Recorrió el pubis, el ensortijado vello del pubis de Nora. A medio camino
entre el ombligo y el pubis, su lengua registró una cicatriz, algo como
una vieja quemadura.
-Acabo de descubrir el recuerdo de un amante demasiado pasional, alguien con sangre caliente como tú.
-Hugo acarició con el índice
la costura y sonrió con la boca húmeda de saliva.
-¡Esta cicatriz! Tiene unos
cuantos años ya. Prefiero no contártelo.
-¡Venga! Explícamelo.
Tratándose de ti, seguro que es una historia con mucho morbo. -Buscaba
la anuencia y complicidad de Nora.
Ella se levantó de la cama,
se quitó los zapatos y, entretanto, fue contándole:
-Mi regreso a Argentina fue tan frustrante
como el exilio. Volví en el 76. En esos años no tuve suerte, pero
aquí nadie la tenía. Primero cayeron los terroristas. Los mataron
a todos. No obstante, los milicos habían montado un aparato represivo
tan enorme que tenían que seguir dando trabajo a esa gente. Aún
hoy siguen haciendo laburos sucios, no sé si leíste los diarios.
Después de los terroristas, sucesivamente, fueron cayendo los intelectuales,
los artistas, no se salvaba nadie. Vos tal vez te hayas enterado poco de lo
que pasaba aquí. Eras de los afortunados que se habían rajado
a tiempo.
Giró la falda hasta encontrar
la cremallera y la bajó. El breve trozo de tela cayó a sus pies,
enseguida se quitó el maillot que había quedado estrechando sus
caderas y, por fin, se desprendió de las bragas.
-El 76 fue el año más
duro. Yo había vuelto de Europa y me vi metida en el corso a contramano
como una inconsciente. Los amigos me decían: "vestite normal, no
salgás escandalosa que te van a meter en cana" y yo como si nada.
Me decían "esta noche hay razzia por los bares", y yo igual
salía a la calle. Me creía que todavía estaba en Menorca,
o en Barcelona.
Con un jersey de cuello alto y desnuda
de cintura para abajo, Nora fue hasta la kitchenette y puso a calentar café.
Su cuerpo era magníficamente esbelto, pequeño, fuerte, bien formado,
recorrido por una energía profunda que se manifestaba en cada movimiento.
Fue entonces, algo tarde ya, mientras ella le preparaba el último café
de la noche, cuando Hugo comenzó a desearla, al compartir ese gesto cotidiano
de calentar el café.
-Ven. -Hugo se acercó a la
cocinilla-. Me han venido ganas de darte un beso.
Nora se levantó de puntillas
hasta la boca de Hugo, le besó los labios y enredó la mano en
sus cabellos, despeinándolo.
-Si algún día pudiera
entender a los hombres. ¡Son más raros! No me vuelvas a excitar,
por favor. -Extendió los antebrazos para situar a Hugo a una cierta distancia
de su cuerpo y continuó hablando-: Te sigo contando. Mirá, aquí,
todos tenían metido el miedo en la piel. La gente se movía en
grupos cerrados, como sectas. Evitaban dejar sus números de teléfono.
Los datos de un amigo se apuntaban a través de códigos, en símbolos,
con las cifras invertidas. Las agendas estaban llenas de ideogramas. Si se hacía
una cena en casa de alguien, los mensajes telefónicos eran breves, cifrados.
Se levantó el jersey negro
y se lo quitó. El cuello de cisne al pasar por la cabeza arremolinó
su corta melena. Se enfundó en un bata azul y pasó sus dedos por
la cabellera para ordenar el pelo. Sirvió el café en dos tacitas
de cerámica negra.
-Tomá, Hugo. Está bien
caliente. ¿Querés que siga con la historia? ¡Me mirás
con una cara! Estás mudo.
-¿Con qué cara quieres
que te mire, con esa confesión? Había exiliados que cuando llegaban
allá hablaban de estas cosas, pero uno estaba muy lejos, parecía
todo tan inverosímil, tan poco creíble... Sigue contando, si me
dejas en ascuas ahora, te mato.
-Sigo. Yo había vuelto de
Europa caliente, enardecida por el reencuentro con el país, con los amigos,
la gente, los grupos de teatro. El terror formaba parte de la vida cotidiana
y yo sin darme cuenta. Tenía que pasarme algo que me aleccionara. El
sexo, también esta vez, lo arruinó todo. Una noche fui al Café
de la Paz y al primero que me dijo "¡qué linda sos!",
me lo levanté. Fui a su casa, me metí en la cama con él.
Al día siguiente, él se fue a "trabajar" y yo me quedé
durmiendo tan pancha. El tipo era un montonero.
Nora cogió un cepillo de una
mesita y comenzó a cepillarse el cabello moreno. Había una distancia
enorme entre el espanto de lo que narraba y la fría indiferencia con
que lo contaba.
-A la mañana siguiente, cayó
la cana, asaltaron la casa, lo revolvieron todo y lo que encontraron, además
de los libros marxistas y panfletos, fue a mí. Me metieron en un coche
con la cabeza tapada. No sé dónde me llevaron. Ahora ya te debés
imaginar quién fue el amante ardiente que me dejó la cicatriz.
Nora sonrió con tristeza,
bebió dos sorbos rápidos de café amargo y miró interrogativa
a Hugo, como preguntándole si con eso ya tenía bastante.
-Estoy pensando que éstas
son las cosas que me impulsaron a olvidarme de este país y de su gente,
a no querer volver nunca; pero ya te hablaré de ello en otro momento.
Ahora, quiero que me cuentes qué pasó después.
-Me encerraron no sé dónde.
¿Sabés cómo funcionan? El bueno y el malo. Uno con voz
convincente, por las buenas, me decía que confesara, que así no
me iba a pasar nada. Después de unas horas, venía otro con un
ayudante y me puteaba, me decía que tenía que cantar y el ayudante
me metía la picana en los pechos, en los genitales. He aquí cómo
se hizo la quemadura en mi cuerpo. Allí no se sabían los días
que pasaban.
-¿En qué mes del 76
pasó esto que dices?
-En Octubre, no se me va a olvidar
nunca. Estaba encerrada en una habitación con otra mujer. Teníamos
que cagar y mear allí. Era hediondo. La otra, pobrecita, estaba embarazada
de dos meses. Lo pasaba peor que yo. ¡Le hacían tanto mal! Se llamaba
Beatriz. Ahora debe de ser finada.
De repente, fue como si Hugo sintiera
un mazazo seco en la nuca.
-Beatriz, ¿Beatriz qué?
-Beatriz Avellaneda. Nunca se me
va a borrar su cara.
-No puede ser. Me quedo de piedra. Era mi novia. La vi en agosto de aquel año. Fue un viaje breve.
Después me fui a España
y no supe nunca más nada de ella.
-No me preguntés detalles
porque lo olvidé casi todo. Además, casi no podíamos hablar.
Me dijo que ella tampoco tenía nada que ver con el terrorismo. Se la
llevaban del cuartucho y yo la oía gritar, después la traían
casi desmayada.
Hugo intentaba tranquilizarse, bebió
con lentitud el café. Quería poner orden, como siempre acostumbraba
a hacer, en todos esos hechos alborotados que inesperadamente salían
de la boca de Nora.
-¿Qué pasó con
vosotras dos?
-De ella no supe más nada.
Se quedó allí. Yo me salvé. Uno de los tipos creyó
en mí, se debe de haber dado cuenta de que yo no tenía nada que
ver con los montos. Me volvieron a meter en un coche y aparecí tirada
en una carretera, cloroformada. Habían pasado cuatro días, me
pareció un siglo.
Nora se sacó la bata y se
fue metiendo debajo del edredón, preparándose para descansar.
-Después estuve aislada. Me
fuí a una casa en La Pampa que tenían unos amigos. Me dijeron
que, por un tiempo, era mejor que desapareciera de la ciudad. Me alcoholicé
para olvidar. Hoy todo aquello me parece una irrealidad, una pesadilla que soñó
otra mujer. Estuve un año sin conocer a ningún hombre. Yo, ¿viste?,
tan ardiente, había perdido mi deseo sexual. Aparte, tenía los
genitales destrozados.
Hugo no podía recuperarse
del shock, no pronunciaba palabra. La abrazó como si fuera una niña.
¿Dónde había quedado la ambiciosa Lady Macbeth ante esta
confesión?, pensó.
-¿No te quedás a dormir
conmigo? -preguntó Nora amodorrada.
-Prefiero irme. ¿No te sabe
mal?
Hugo le acarició el pelo y
Nora, poco a poco, fue quedándose dormida. Le dio un beso en la frente
y la mujer apenas murmuró algo como un "chau" cuando él
se levantó de la cama. La arropó con el edredón y caminó
lentamente para no despertarla, aunque sus pasos quedaban ahogados por la moqueta.
Beatriz había sido torturada junto con Nora. La serpiente del escalofrío zigzagueó por su espalda. ¿Estaría muerta o se habría salvado como ella? Bajó el ascensor sin poderse apartar de esas ideas. En la calle, respiró profundamente, no acabando de creerse todo lo que había oído de labios de Nora. Siguió caminando como un robot obsesionado en sus pensamientos.
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